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martes, 4 de julio de 2017

Una pasadita por Barú

A veces hay que pasar por los lugares como para darse cuenta de las cosas como son en realidad. Porque a uno le pueden mostrar las cosas muy lindas en un volante, una revista o por Instagram, pero toca ir directo a los lugares para conocer en carne propia de que se trata eso y saber si de eso tan bueno hay y por qué no dan tanto.

Y mi objetivo no es  herir susceptibilidades ni hablar mal de mi país. Se trata de mejorar. Porque si estamos hablando de paz, prosperidad y crecimiento, hay cosas que tienen que cambiar para bien. Y pues como dijo el dermatólogo, vamos al grano. Recientemente estuve pasando unos días en Cartagena con un grupo de amigos y debo reconocer que esta ciudad no era mi primera opción. ¿Por qué? Bueno ya la había visitado y quería conocer otros lugares. Además ya había experimentado la consabida persecución de los vendedores ofreciendo la gafa, la gafa barata, la cachucha bacana, el masajito “gratis” (venga le hago la demostración en una pierna) y la prueba de ostras. En esa ocasión probé una ostra (o no sé qué animal marino era) que supuestamente era para degustar, cuando menos lo pensé ya me había comido cuatro y me estaban cobrando veinte “barras”. Aún no tengo claro el equivalente de esta  moneda local, pero le hice el reclamo al vendedor, cuestionando su falta de  ética cuya base era la mentira y el timo al turista bien intencionado. Y eso que yo estaba acompañado de un amigo cartagenero quien fue testigo pasivo de la estafa. Finalmente acordé darle cinco mil pesos al lugareño y todos contentos. Al otro día vi a un ciudadano chileno enojado con otro de estos “vendedores de ostras” porque supuestamente se había sentido estafado por el costo de estos mejillones (o cualesquier fuese el nombre de ese animal marino atrapado en una concha). Lo veía atortolado, inocente, maniatado, como muchos turistas extranjeros que no han desarrollado la malicia indígena y el par de centímetros  de un cuero llamado viveza que todo buen colombiano va generando con el paso de los años…y timos. Pero no lo digo como algo de lo cual enorgullecerse. 

A todas estas no le he hecho honor a los dermatólogos y me he desviado de mi “grano” que era hablarles de la visita a Barú. Ya había hecho esta expedición en mi viaje anterior, pero debido a que un amigo no conocía el mar y su consecuente navegación, decidimos ir a este exótico destino a las afueras de Cartagena. Es sabido por muchos que las playas de La Heroica no son muy emocionantes que digamos, por lo cual el turista debe buscar un chapuzón arenero en otros lugares. No era difícil buscar información ya que caminando por las calles de Bocagrande, y luego de comprar una cachucha bacana de diez mil pesos, tuvimos la oportunidad de encontrarnos con varios promotores turísticos, con descuentos especiales, para emprender esta fascinante aventura a Barú. No lo digo necesariamente en un tono sarcástico, no me malinterpreten. En serio, yo amo la aventura. Yo soy de los que se nutre de este tipo de anécdotas de nuestro folclor patrio, ya que me sirven para alimentar mis escritos con cuentos hilarantes, llenos de realismo mágico. 

Finalmente decidimos escoger un plan económico terrestre  hasta Barú  y que incluía un paseo en lancha hasta las islas del Rosario. Yo imaginaba que Barú era una isla y es sencillamente una linda playa a la cual se puede llegar por tierra o en lancha. Primera recomendación o “tip” de viaje: mejor vayan en lancha. Después de que nos recogieron en el hotel, duramos casi hora y media en el bus dando vueltas, esperando a recoger  a otros turistas y luego pedir un permiso. El tiempo de recorrido después de esto fue como una hora. Algo que pude constatar por medio de este recorrido fueron ciertas zonas deprimidas de Cartagena, barrios bastante humildes, como abandonados a su suerte. No digo que esto sea malo, es una realidad.
Llegamos casi a las once de la mañana. Nos dijeron que debíamos apurarle porque la lancha nos estaba esperando. Pasamos por una zona sucia, con aguas estancadas llenas de basura. Luego unas casuchas donde cocinaban unos lugareños, quienes al parecer son los que atienden allí este “complejo vacacional”. Efectivamente nos estaba esperando una lancha atestada de turistas. Después de pasar por encima de todos y buscar lugar atrás, la lancha partió. Cabe anotar que logré encontrar un chaleco salvavidas pero un amigo se fue “viringo” en términos de seguridad marítima, porque no pudo encontrar su chaleco. Esto no hizo mella en los tripulantes de la embarcación, quienes en un lenguaje que creo que era español, hablaban entre sí, coordinando la expedición. Unos turistas se bajaron en lo que parecía un paraje paradisíaco y afortunadamente liberaron el cupo de hacinamiento y aprovisionamiento de chalecos salvavidas. Mi amigo estaba a salvo. Agréguele que no sabe nadar muy bien. Doblemente a salvo.

Al llegar a la zona del acuario, nos dijeron que quienes quisieran quedarse a esperar allí, bien podrían hacerlo. O podían ingresar al acuario o hacer careteo (snorkeling) y ver unos lindos peces como Nemo y Dory. Claro está que para ello teníamos que pagar una módica suma adicional de $30.000. La otra opción era quedarnos allí contemplando el horizonte durante una hora. Yo dije, si ya estamos aquí, en medio de la mar, como náufragos sin plan, pues paguemos el plan de careteo. Obviamente esto no lo habían advertido los promotores turísticos. Efectivamente, creo que encontré a Nemo y alcancé a sumergirme y tocar el coral. Es bonito, la experiencia vale la pena. Lo que no supe explicar por qué al rato me agarró un mareo y me salí del agua. Duré como una hora con ganas de expulsar los huevos del desayuno, pero finalmente nada salió. No viene al caso. Volvimos a la playa y pudimos disfrutar de una playa atestada de turistas. Nada que ver con ese Barú solitario que años atrás había podido conocer. Ahora estaba llena de lanchas y motos recreativas. Fui al baño, y era una casucha  desvencijada cuya entrada costaba unos $500. No es por criticar, al igual iba en plan de aventura, buscando recopilar experiencias hilarantes como hacer pipí en una choza estilo vietnamita (durante la guerra).

Luego que salimos de la playa, no encontramos donde lavarnos los pies porque allí en Barú no hay agua a excepción de un sujeto que estaba cerca a los buses con una manguera, pidiendo propina voluntaria.  El paseo estuvo chévere, la pasamos rico, mis amigos estaban contentos. Yo disfruté, en serio. A pesar de estar mareado en esa lancha y no comprender la jeringonza de los tripulantes, lo disfruté, en serio. Solo  quiero dejar la reflexión acerca de si estamos preparados para un crecimiento exponencial del turismo en Colombia. ¿Tenemos la infraestructura? Cartagena es linda, es bella, la gente es maravillosa. Pero si Cartagena es uno de las principales atracciones de nuestro país y tiene algunas fallas, ¿Qué podemos esperar del resto de lugares? Otra cosa  que quiero resaltar: hay que proteger la naturaleza. Si no podemos evitar que estos lugares se llenen de basura y contaminación, mejor que no vaya nadie. Si el turismo no va a generar riqueza y mejorar la calidad de vida de la gente que vive allí, y solo llenar los bolsillos de multinacionales, mejor que no vayan. 

Estamos en un momento crucial para hacer del turismo colombiano algo de calidad, que sea una oportunidad para mejorar las condiciones de vida de los locales, quienes también deben comprometerse a respetar al turista y dejar a un lado la mentalidad de exprimirles el dinero a como dé lugar. Volveré a Cartagena si Dios me da vida, porque amo a mi Colombia y porque es un lugar que tiene una magia especial. Excepto por  unos raperos que se burlaron cantando de mí y dizque me parecía a James por mi cachucha, pero eso ya hace parte de otra historia…

A veces hay que pasar por los lugares como para darse cuenta de las cosas como son en realidad. Porque a uno le pueden mostrar las cosas muy lindas en un volante, una revista o por Instagram, pero toca ir directo a los lugares para conocer en carne propia de que se trata eso y saber si de eso tan bueno hay y por qué no dan tanto.
Y mi objetivo no es herir susceptibilidades ni hablar mal de mi país. Se trata de mejorar. Porque si estamos hablando de paz, prosperidad y crecimiento, hay cosas que tienen que cambiar para bien. Y pues como dijo el dermatólogo, vamos al grano. Recientemente estuve pasando unos días en Cartagena con un grupo de amigos y debo reconocer que esta ciudad no era mi primera opción. ¿Por qué? Bueno ya la había visitado y quería conocer otros lugares. Además ya había experimentado la consabida persecución de los vendedores ofreciendo la gafa, la gafa barata, la cachucha bacana, el masajito “gratis” (venga le hago la demostración en una pierna) y la prueba de ostras. En esa ocasión probé una ostra (o no sé qué animal marino era) que supuestamente era para degustar, cuando menos lo pensé ya me había comido cuatro y me estaban cobrando veinte “barras”. Aún no tengo claro el equivalente de esta moneda local, pero le hice el reclamo al vendedor, cuestionando su falta de ética cuya base era la mentira y el timo al turista bien intencionado. Y eso que yo estaba acompañado de un amigo cartagenero quien fue testigo pasivo de la estafa. Finalmente acordé darle cinco mil pesos al lugareño y todos contentos. Al otro día vi a un ciudadano chileno enojado con otro de estos “vendedores de ostras” porque supuestamente se había sentido estafado por el costo de estos mejillones (o cualesquier fuese el nombre de ese animal marino atrapado en una concha). Lo veía atortolado, inocente, maniatado, como muchos turistas extranjeros que no han desarrollado la malicia indígena y el par de centímetros de un cuero llamado viveza que todo buen colombiano va generando con el paso de los años…y timos. Pero no lo digo como algo de lo cual enorgullecerse.
A todas estas no le he hecho honor a los dermatólogos y me he desviado de mi “grano” que era hablarles de la visita a Barú. Ya había hecho esta expedición en mi viaje anterior, pero debido a que un amigo no conocía el mar y su consecuente navegación, decidimos ir a este exótico destino a las afueras de Cartagena. Es sabido por muchos que las playas de La Heroica no son muy emocionantes que digamos, por lo cual el turista debe buscar un chapuzón arenero en otros lugares. No era difícil buscar información ya que caminando por las calles de Bocagrande, y luego de comprar una cachucha bacana de diez mil pesos, tuvimos la oportunidad de encontrarnos con varios promotores turísticos, con descuentos especiales, para emprender esta fascinante aventura a Barú. No lo digo necesariamente en un tono sarcástico, no me malinterpreten. En serio, yo amo la aventura. Yo soy de los que se nutre de este tipo de anécdotas de nuestro folclor patrio, ya que me sirven para alimentar mis escritos con cuentos hilarantes, llenos de realismo mágico.
Finalmente decidimos escoger un plan económico terrestre hasta Barú y que incluía un paseo en lancha hasta las islas del Rosario. Yo imaginaba que Barú era una isla y es sencillamente una linda playa a la cual se puede llegar por tierra o en lancha. Primera recomendación o “tip” de viaje: mejor vayan en lancha. Después de que nos recogieron en el hotel, duramos casi hora y media en el bus dando vueltas, esperando a recoger a otros turistas y luego pedir un permiso. El tiempo de recorrido después de esto fue como una hora. Algo que pude constatar por medio de este recorrido fueron ciertas zonas deprimidas de Cartagena, barrios bastante humildes, como abandonados a su suerte. No digo que esto sea malo, es una realidad.
Llegamos casi a las once de la mañana. Nos dijeron que debíamos apurarle porque la lancha nos estaba esperando. Pasamos por una zona sucia, con aguas estancadas llenas de basura. Luego unas casuchas donde cocinaban unos lugareños, quienes al parecer son los que atienden allí este “complejo vacacional”. Efectivamente nos estaba esperando una lancha atestada de turistas. Después de pasar por encima de todos y buscar lugar atrás, la lancha partió. Cabe anotar que logré encontrar un chaleco salvavidas pero un amigo se fue “viringo” en términos de seguridad marítima, porque no pudo encontrar su chaleco. Esto no hizo mella en los tripulantes de la embarcación, quienes en un lenguaje que creo que era español, hablaban entre sí, coordinando la expedición. Unos turistas se bajaron en lo que parecía un paraje paradisíaco y afortunadamente liberaron el cupo de hacinamiento y aprovisionamiento de chalecos salvavidas. Mi amigo estaba a salvo. Agréguele que no sabe nadar muy bien. Doblemente a salvo.
Al llegar a la zona del acuario, nos dijeron que quienes quisieran quedarse a esperar allí, bien podrían hacerlo. O podían ingresar al acuario o hacer careteo (snorkeling) y ver unos lindos peces como Nemo y Dory. Claro está que para ello teníamos que pagar una módica suma adicional de $30.000. La otra opción era quedarnos allí contemplando el horizonte durante una hora. Yo dije, si ya estamos aquí, en medio de la mar, como náufragos sin plan, pues paguemos el plan de careteo. Obviamente esto no lo habían advertido los promotores turísticos. Efectivamente, creo que encontré a Nemo y alcancé a sumergirme y tocar el coral. Es bonito, la experiencia vale la pena. Lo que no supe explicar por qué al rato me agarró un mareo y me salí del agua. Duré como una hora con ganas de expulsar los huevos del desayuno, pero finalmente nada salió. No viene al caso. Volvimos a la playa y pudimos disfrutar de una playa atestada de turistas. Nada que ver con ese Barú solitario que años atrás había podido conocer. Ahora estaba llena de lanchas y motos recreativas. Fui al baño, y era una casucha desvencijada cuya entrada costaba unos $500. No es por criticar, al igual iba en plan de aventura, buscando recopilar experiencias hilarantes como hacer pipí en una choza estilo vietnamita (durante la guerra).
Luego que salimos de la playa, no encontramos donde lavarnos los pies porque allí en Barú no hay agua a excepción de un sujeto que estaba cerca a los buses con una manguera, pidiendo propina voluntaria. El paseo estuvo chévere, la pasamos rico, mis amigos estaban contentos. Yo disfruté, en serio. A pesar de estar mareado en esa lancha y no comprender la jeringonza de los tripulantes, lo disfruté, en serio. Solo quiero dejar la reflexión acerca de si estamos preparados para un crecimiento exponencial del turismo en Colombia. ¿Tenemos la infraestructura? Cartagena es linda, es bella, la gente es maravillosa. Pero si Cartagena es uno de las principales atracciones de nuestro país y tiene algunas fallas, ¿Qué podemos esperar del resto de lugares? Otra cosa que quiero resaltar: hay que proteger la naturaleza. Si no podemos evitar que estos lugares se llenen de basura y contaminación, mejor que no vaya nadie. Si el turismo no va a generar riqueza y mejorar la calidad de vida de la gente que vive allí, y solo llenar los bolsillos de multinacionales, mejor que no vayan.
Estamos en un momento crucial para hacer del turismo colombiano algo de calidad, que sea una oportunidad para mejorar las condiciones de vida de los locales, quienes también deben comprometerse a respetar al turista y dejar a un lado la mentalidad de exprimirles el dinero a como dé lugar. Volveré a Cartagena si Dios me da vida, porque amo a mi Colombia y porque es un lugar que tiene una magia especial. Excepto por unos raperos que se burlaron cantando de mí y dizque me parecía a James por mi cachucha, pero eso ya hace parte de otra historia…
A veces hay que pasar por los lugares como para darse cuenta de las cosas como son en realidad. Porque a uno le pueden mostrar las cosas muy lindas en un volante, una revista o por Instagram, pero toca ir directo a los lugares para conocer en carne propia de que se trata eso y saber si de eso tan bueno hay y por qué no dan tanto.
Y mi objetivo no es herir susceptibilidades ni hablar mal de mi país. Se trata de mejorar. Porque si estamos hablando de paz, prosperidad y crecimiento, hay cosas que tienen que cambiar para bien. Y pues como dijo el dermatólogo, vamos al grano. Recientemente estuve pasando unos días en Cartagena con un grupo de amigos y debo reconocer que esta ciudad no era mi primera opción. ¿Por qué? Bueno ya la había visitado y quería conocer otros lugares. Además ya había experimentado la consabida persecución de los vendedores ofreciendo la gafa, la gafa barata, la cachucha bacana, el masajito “gratis” (venga le hago la demostración en una pierna) y la prueba de ostras. En esa ocasión probé una ostra (o no sé qué animal marino era) que supuestamente era para degustar, cuando menos lo pensé ya me había comido cuatro y me estaban cobrando veinte “barras”. Aún no tengo claro el equivalente de esta moneda local, pero le hice el reclamo al vendedor, cuestionando su falta de ética cuya base era la mentira y el timo al turista bien intencionado. Y eso que yo estaba acompañado de un amigo cartagenero quien fue testigo pasivo de la estafa. Finalmente acordé darle cinco mil pesos al lugareño y todos contentos. Al otro día vi a un ciudadano chileno enojado con otro de estos “vendedores de ostras” porque supuestamente se había sentido estafado por el costo de estos mejillones (o cualesquier fuese el nombre de ese animal marino atrapado en una concha). Lo veía atortolado, inocente, maniatado, como muchos turistas extranjeros que no han desarrollado la malicia indígena y el par de centímetros de un cuero llamado viveza que todo buen colombiano va generando con el paso de los años…y timos. Pero no lo digo como algo de lo cual enorgullecerse.
A todas estas no le he hecho honor a los dermatólogos y me he desviado de mi “grano” que era hablarles de la visita a Barú. Ya había hecho esta expedición en mi viaje anterior, pero debido a que un amigo no conocía el mar y su consecuente navegación, decidimos ir a este exótico destino a las afueras de Cartagena. Es sabido por muchos que las playas de La Heroica no son muy emocionantes que digamos, por lo cual el turista debe buscar un chapuzón arenero en otros lugares. No era difícil buscar información ya que caminando por las calles de Bocagrande, y luego de comprar una cachucha bacana de diez mil pesos, tuvimos la oportunidad de encontrarnos con varios promotores turísticos, con descuentos especiales, para emprender esta fascinante aventura a Barú. No lo digo necesariamente en un tono sarcástico, no me malinterpreten. En serio, yo amo la aventura. Yo soy de los que se nutre de este tipo de anécdotas de nuestro folclor patrio, ya que me sirven para alimentar mis escritos con cuentos hilarantes, llenos de realismo mágico.
Finalmente decidimos escoger un plan económico terrestre hasta Barú y que incluía un paseo en lancha hasta las islas del Rosario. Yo imaginaba que Barú era una isla y es sencillamente una linda playa a la cual se puede llegar por tierra o en lancha. Primera recomendación o “tip” de viaje: mejor vayan en lancha. Después de que nos recogieron en el hotel, duramos casi hora y media en el bus dando vueltas, esperando a recoger a otros turistas y luego pedir un permiso. El tiempo de recorrido después de esto fue como una hora. Algo que pude constatar por medio de este recorrido fueron ciertas zonas deprimidas de Cartagena, barrios bastante humildes, como abandonados a su suerte. No digo que esto sea malo, es una realidad.
Llegamos casi a las once de la mañana. Nos dijeron que debíamos apurarle porque la lancha nos estaba esperando. Pasamos por una zona sucia, con aguas estancadas llenas de basura. Luego unas casuchas donde cocinaban unos lugareños, quienes al parecer son los que atienden allí este “complejo vacacional”. Efectivamente nos estaba esperando una lancha atestada de turistas. Después de pasar por encima de todos y buscar lugar atrás, la lancha partió. Cabe anotar que logré encontrar un chaleco salvavidas pero un amigo se fue “viringo” en términos de seguridad marítima, porque no pudo encontrar su chaleco. Esto no hizo mella en los tripulantes de la embarcación, quienes en un lenguaje que creo que era español, hablaban entre sí, coordinando la expedición. Unos turistas se bajaron en lo que parecía un paraje paradisíaco y afortunadamente liberaron el cupo de hacinamiento y aprovisionamiento de chalecos salvavidas. Mi amigo estaba a salvo. Agréguele que no sabe nadar muy bien. Doblemente a salvo.
Al llegar a la zona del acuario, nos dijeron que quienes quisieran quedarse a esperar allí, bien podrían hacerlo. O podían ingresar al acuario o hacer careteo (snorkeling) y ver unos lindos peces como Nemo y Dory. Claro está que para ello teníamos que pagar una módica suma adicional de $30.000. La otra opción era quedarnos allí contemplando el horizonte durante una hora. Yo dije, si ya estamos aquí, en medio de la mar, como náufragos sin plan, pues paguemos el plan de careteo. Obviamente esto no lo habían advertido los promotores turísticos. Efectivamente, creo que encontré a Nemo y alcancé a sumergirme y tocar el coral. Es bonito, la experiencia vale la pena. Lo que no supe explicar por qué al rato me agarró un mareo y me salí del agua. Duré como una hora con ganas de expulsar los huevos del desayuno, pero finalmente nada salió. No viene al caso. Volvimos a la playa y pudimos disfrutar de una playa atestada de turistas. Nada que ver con ese Barú solitario que años atrás había podido conocer. Ahora estaba llena de lanchas y motos recreativas. Fui al baño, y era una casucha desvencijada cuya entrada costaba unos $500. No es por criticar, al igual iba en plan de aventura, buscando recopilar experiencias hilarantes como hacer pipí en una choza estilo vietnamita (durante la guerra).
Luego que salimos de la playa, no encontramos donde lavarnos los pies porque allí en Barú no hay agua a excepción de un sujeto que estaba cerca a los buses con una manguera, pidiendo propina voluntaria. El paseo estuvo chévere, la pasamos rico, mis amigos estaban contentos. Yo disfruté, en serio. A pesar de estar mareado en esa lancha y no comprender la jeringonza de los tripulantes, lo disfruté, en serio. Solo quiero dejar la reflexión acerca de si estamos preparados para un crecimiento exponencial del turismo en Colombia. ¿Tenemos la infraestructura? Cartagena es linda, es bella, la gente es maravillosa. Pero si Cartagena es uno de las principales atracciones de nuestro país y tiene algunas fallas, ¿Qué podemos esperar del resto de lugares? Otra cosa que quiero resaltar: hay que proteger la naturaleza. Si no podemos evitar que estos lugares se llenen de basura y contaminación, mejor que no vaya nadie. Si el turismo no va a generar riqueza y mejorar la calidad de vida de la gente que vive allí, y solo llenar los bolsillos de multinacionales, mejor que no vayan.
Estamos en un momento crucial para hacer del turismo colombiano algo de calidad, que sea una oportunidad para mejorar las condiciones de vida de los locales, quienes también deben comprometerse a respetar al turista y dejar a un lado la mentalidad de exprimirles el dinero a como dé lugar. Volveré a Cartagena si Dios me da vida, porque amo a mi Colombia y porque es un lugar que tiene una magia especial. Excepto por unos raperos que se burlaron cantando de mí y dizque me parecía a James por mi cachucha, pero eso ya hace parte de otra historia…
A veces hay que pasar por los lugares como para darse cuenta de las cosas como son en realidad. Porque a uno le pueden mostrar las cosas muy lindas en un volante, una revista o por Instagram, pero toca ir directo a los lugares para conocer en carne propia de que se trata eso y saber si de eso tan bueno hay y por qué no dan tanto.
Y mi objetivo no es herir susceptibilidades ni hablar mal de mi país. Se trata de mejorar. Porque si estamos hablando de paz, prosperidad y crecimiento, hay cosas que tienen que cambiar para bien. Y pues como dijo el dermatólogo, vamos al grano. Recientemente estuve pasando unos días en Cartagena con un grupo de amigos y debo reconocer que esta ciudad no era mi primera opción. ¿Por qué? Bueno ya la había visitado y quería conocer otros lugares. Además ya había experimentado la consabida persecución de los vendedores ofreciendo la gafa, la gafa barata, la cachucha bacana, el masajito “gratis” (venga le hago la demostración en una pierna) y la prueba de ostras. En esa ocasión probé una ostra (o no sé qué animal marino era) que supuestamente era para degustar, cuando menos lo pensé ya me había comido cuatro y me estaban cobrando veinte “barras”. Aún no tengo claro el equivalente de esta moneda local, pero le hice el reclamo al vendedor, cuestionando su falta de ética cuya base era la mentira y el timo al turista bien intencionado. Y eso que yo estaba acompañado de un amigo cartagenero quien fue testigo pasivo de la estafa. Finalmente acordé darle cinco mil pesos al lugareño y todos contentos. Al otro día vi a un ciudadano chileno enojado con otro de estos “vendedores de ostras” porque supuestamente se había sentido estafado por el costo de estos mejillones (o cualesquier fuese el nombre de ese animal marino atrapado en una concha). Lo veía atortolado, inocente, maniatado, como muchos turistas extranjeros que no han desarrollado la malicia indígena y el par de centímetros de un cuero llamado viveza que todo buen colombiano va generando con el paso de los años…y timos. Pero no lo digo como algo de lo cual enorgullecerse.
A todas estas no le he hecho honor a los dermatólogos y me he desviado de mi “grano” que era hablarles de la visita a Barú. Ya había hecho esta expedición en mi viaje anterior, pero debido a que un amigo no conocía el mar y su consecuente navegación, decidimos ir a este exótico destino a las afueras de Cartagena. Es sabido por muchos que las playas de La Heroica no son muy emocionantes que digamos, por lo cual el turista debe buscar un chapuzón arenero en otros lugares. No era difícil buscar información ya que caminando por las calles de Bocagrande, y luego de comprar una cachucha bacana de diez mil pesos, tuvimos la oportunidad de encontrarnos con varios promotores turísticos, con descuentos especiales, para emprender esta fascinante aventura a Barú. No lo digo necesariamente en un tono sarcástico, no me malinterpreten. En serio, yo amo la aventura. Yo soy de los que se nutre de este tipo de anécdotas de nuestro folclor patrio, ya que me sirven para alimentar mis escritos con cuentos hilarantes, llenos de realismo mágico.
Finalmente decidimos escoger un plan económico terrestre hasta Barú y que incluía un paseo en lancha hasta las islas del Rosario. Yo imaginaba que Barú era una isla y es sencillamente una linda playa a la cual se puede llegar por tierra o en lancha. Primera recomendación o “tip” de viaje: mejor vayan en lancha. Después de que nos recogieron en el hotel, duramos casi hora y media en el bus dando vueltas, esperando a recoger a otros turistas y luego pedir un permiso. El tiempo de recorrido después de esto fue como una hora. Algo que pude constatar por medio de este recorrido fueron ciertas zonas deprimidas de Cartagena, barrios bastante humildes, como abandonados a su suerte. No digo que esto sea malo, es una realidad.
Llegamos casi a las once de la mañana. Nos dijeron que debíamos apurarle porque la lancha nos estaba esperando. Pasamos por una zona sucia, con aguas estancadas llenas de basura. Luego unas casuchas donde cocinaban unos lugareños, quienes al parecer son los que atienden allí este “complejo vacacional”. Efectivamente nos estaba esperando una lancha atestada de turistas. Después de pasar por encima de todos y buscar lugar atrás, la lancha partió. Cabe anotar que logré encontrar un chaleco salvavidas pero un amigo se fue “viringo” en términos de seguridad marítima, porque no pudo encontrar su chaleco. Esto no hizo mella en los tripulantes de la embarcación, quienes en un lenguaje que creo que era español, hablaban entre sí, coordinando la expedición. Unos turistas se bajaron en lo que parecía un paraje paradisíaco y afortunadamente liberaron el cupo de hacinamiento y aprovisionamiento de chalecos salvavidas. Mi amigo estaba a salvo. Agréguele que no sabe nadar muy bien. Doblemente a salvo.
Al llegar a la zona del acuario, nos dijeron que quienes quisieran quedarse a esperar allí, bien podrían hacerlo. O podían ingresar al acuario o hacer careteo (snorkeling) y ver unos lindos peces como Nemo y Dory. Claro está que para ello teníamos que pagar una módica suma adicional de $30.000. La otra opción era quedarnos allí contemplando el horizonte durante una hora. Yo dije, si ya estamos aquí, en medio de la mar, como náufragos sin plan, pues paguemos el plan de careteo. Obviamente esto no lo habían advertido los promotores turísticos. Efectivamente, creo que encontré a Nemo y alcancé a sumergirme y tocar el coral. Es bonito, la experiencia vale la pena. Lo que no supe explicar por qué al rato me agarró un mareo y me salí del agua. Duré como una hora con ganas de expulsar los huevos del desayuno, pero finalmente nada salió. No viene al caso. Volvimos a la playa y pudimos disfrutar de una playa atestada de turistas. Nada que ver con ese Barú solitario que años atrás había podido conocer. Ahora estaba llena de lanchas y motos recreativas. Fui al baño, y era una casucha desvencijada cuya entrada costaba unos $500. No es por criticar, al igual iba en plan de aventura, buscando recopilar experiencias hilarantes como hacer pipí en una choza estilo vietnamita (durante la guerra).
Luego que salimos de la playa, no encontramos donde lavarnos los pies porque allí en Barú no hay agua a excepción de un sujeto que estaba cerca a los buses con una manguera, pidiendo propina voluntaria. El paseo estuvo chévere, la pasamos rico, mis amigos estaban contentos. Yo disfruté, en serio. A pesar de estar mareado en esa lancha y no comprender la jeringonza de los tripulantes, lo disfruté, en serio. Solo quiero dejar la reflexión acerca de si estamos preparados para un crecimiento exponencial del turismo en Colombia. ¿Tenemos la infraestructura? Cartagena es linda, es bella, la gente es maravillosa. Pero si Cartagena es uno de las principales atracciones de nuestro país y tiene algunas fallas, ¿Qué podemos esperar del resto de lugares? Otra cosa que quiero resaltar: hay que proteger la naturaleza. Si no podemos evitar que estos lugares se llenen de basura y contaminación, mejor que no vaya nadie. Si el turismo no va a generar riqueza y mejorar la calidad de vida de la gente que vive allí, y solo llenar los bolsillos de multinacionales, mejor que no vayan.
Estamos en un momento crucial para hacer del turismo colombiano algo de calidad, que sea una oportunidad para mejorar las condiciones de vida de los locales, quienes también deben comprometerse a respetar al turista y dejar a un lado la mentalidad de exprimirles el dinero a como dé lugar. Volveré a Cartagena si Dios me da vida, porque amo a mi Colombia y porque es un lugar que tiene una magia especial. Excepto por unos raperos que se burlaron cantando de mí y dizque me parecía a James por mi cachucha, pero eso ya hace parte de otra historia…

jueves, 15 de junio de 2017

Reflexiones en un sauna

Entré al sauna del gimnasio y vi que estaba más lleno que de costumbre. Me llamó la atención ver a una chica vestida. Sí, estaba vestida con ropa deportiva, con tenis y todo. Lo curioso es que no mostraba signos de sudoración, los cuales son signos claros de que uno se encuentra dentro de un sauna claro está. Y de que uno está vivo. Podría ser el espanto del sauna, o la guardiana del sauna, algo así. Salió y no sé si se metió al turco, pero no la volví a ver. Luego me fijé en un hombre que se puso de pie y salía. Tenía un tatuaje grande en su espalda. Eran dos tatuajes para ser exactos y  pensé que pertenecía a alguna pandilla centroamericana, como los maras. Me pregunto ¿cómo identifica uno a un mara? Tal vez el tatuaje dice "mara", yo no sé. Por lo menos ya sé identificar a un espanto en un sauna, es una chica vestida de negro. Si tiene una hoz será un poco más evidente.

 Luego me fijé en un hombre que estaba acostado, como si estuviera descansando en su finca platanera. Estaba plácido sobre la superficie de madera. Me pregunto ¿por qué hacen los saunas con madera? ¿Acaso no se puede iniciar un fuego? Tal vez no hace el suficiente calor para una combustión. A mí lo que me interesa es que haga el suficiente calor para quemar la grasa debajo de mi piel. Sin embargo tengo entendido que solo hace calor para sudar y que con el sudor pueden salir las toxinas. Pero uno se ilusiona y piensa que tal vez ese sudor se lleve algo de grasita, pero si esto fuese verdad el sudor seria mantecoso. Uno en un sauna se vería algo así como...una lechona, brillante. O cada vez que uno sudara, saldría en lugar de agua, algo así como eso que sale cuando uno se presiona una espinilla. Ese líquido medio blanco...no sería muy estético por cierto. Y les comentaba del hombre que estaba acostado, como en finca tropical, echado ahí con las manos en la nuca. Pero lo que me llamó la atención fueron sus piernas cortas. Algo desproporcionadas con respecto al resto de su cuerpo, pero al fin de cuentas ¿cuál es la proporción correcta de nuestro organismo? ¿Qué es corto? ¿Qué es largo? ¿Y qué tiene que ver esto con un pobre hombrecillo queriendo eliminar las toxinas en un sauna? Siempre y cuando no sea de alguna pandilla peligrosa, por ahí un mara, un sayayín, no hay inconveniente. Igual está en vestido de baño y no se ve que tenga un arma escondida. Claro está que estos tipos son bastante agresivos y son buenos peleadores. Son mañosos, tienen sus estrategias para pelear de manera sucia y tramposa, como los típicos maleantes que se mueven en las calles de la ciudad a altas horas de la noche. Y no  me interesa tener una pelea con este tipo de personajes en un sauna. Soy una persona pacífica y no quiero pelear con un malandrín, menos en el turco. Porque en el turco hay más porcentaje de humedad, los cuerpos están más sudorosos, mas mojados y en un combate cuerpo a cuerpo sería algo fastidioso. Ahora, no tiene sentido, porque no he venido a pelear con nadie en un sauna, enfatizo que soy una persona muy tranquila.

Ahora salgo un rato y paso al turco. El turco crea cierta ansiedad porque el vapor no deja ver bien, ni respirar bien. ¿Así será el cielo? Digo, por lo del vapor. O sea supuestamente el cielo lo han pintado con muchas nubes y me pregunto si uno podrá ver bien a la gente allá. O tal vez sea algodón, en ese caso uno podría caminar descalzo sobre nubes de algodón, sin necesidad de chanclas. Tocaría cortarse las uñas con más frecuencia...me pregunto, ¿qué tiene que ver el algodón con el sauna? Siento luego algunas gotas calientes que escurren del techo. ¿Eso está fríamente calculado? O sea, que caigan gotas calientes, puede tener un efecto terapéutico. Bueno no estaría fríamente calculado, porque un turco es caliente. Pero uno sabe que las decisiones en caliente, son las peores. Suena incoherente pero uno que más puede pensar en un sauna. No he visto a la chica de negro. Tal vez era una chica que olvidó el vestido de baño pero tenía muchas ganas de estar en un sauna. Tal vez nadie le explicó que por lo general uno entra a un sauna o turco en ropa de baño, porque luego uno se ducha y luego se mete de nuevo. Y así baja uno el estrés, elimina las toxinas. ¿Qué es una toxina al fin al cabo? ¿Cargamos toxinas todo el tiempo bajo la piel y necesitamos sudar? ¿Si tomo algo de mi sudor...me intoxico? Tal vez la chica no quería exponerse a este riesgo y entro con ropa y tenis, por seguridad. O tal vez para salir corriendo por si algún pandillero tatuado estaba dentro del sauna, porque en realidad es más difícil salir corriendo en vestido de baño y con chanclas.

El sauna no sé si tendrá algún efecto benéfico más allá de sudar copiosamente, pero por lo menos si estimula mi imaginación. Creo que lo visitaré con más frecuencia. ¡Recomendado!



miércoles, 24 de mayo de 2017

A cualquiera le pueda pasar

Si no fuera por la urgencia intestinal de Dumoulin, serían pocos los segundos que Nairo Quintana le hubiese descontado en la presente edición del Giro de Italia. Pero, ¿Quién no ha tenido una emergencia sanitaria en su vida en el lugar menos pensado?

Pónganse en el lugar de Dumoulin: el ciclista va juicioso, concentrado, pensando en la meta, pedaleando firme para conservar esa buena diferencia en minutos y segundos que lleva sobre sus rivales. Es el líder de la carrera y porta orgulloso la maglia rosa. De repente y de forma completamente inesperada, sus tripas le juegan una mala pasada. Es un dolor abdominal, es la tripa traicionera, acompañado tal vez de alguna flatulencia rebelde que escapa indómita sin previo aviso. Pero no es esa necesidad cotidiana, el típico deseo de hacer del cuerpo donde uno puede de alguna manera pensar: - Yo aguanto-. No. Es como ir en descenso a toda velocidad pero sin frenos. Es cuando los intestinos, por alguna razón que se escapa a la ciencia y la lógica hasta ahora conocidos, nos transmiten esa sensación insoportable de hacerlo en donde sea y como sea. Eso fue lo que le ocurrió a Dumoulin. Sin importar que estuviera en vivo y en directo, aun sabiendo que eso le podía costar el título, lo primero era lo primero. Se bajó los pantalones, se empelotó y liberó ese exceso de equipaje que llevaba atormentándolo por varios kilómetros.

Pero no quiero hacer una crónica detallada de un incidente que a cualquiera le puede pasar. No quiero escarbar en la vergüenza pública de un deportista para tratar de extraer algo de humor de su infortunio. Solo lo traigo a colación porque simplemente quiero resaltar que esto le puede pasar a cualquiera. A usted le ha pasado. Y con mayor razón en estos tiempos de colon irritable, desordenes digestivos, dolores de estómagos, gastritis, úlceras o gases transmileniales. La gente ahora con ese corre-corre, con los afanes, por no comer sano, por excesos de fríjoles y coliflor, por las grasas, por las harinas, por la falta de fibra, empiezan a sufrir de estos males. Ya hacer popó “bien” es una proeza. Debería existir una aplicación como Instagram, algo que se llame Popogram por ejemplo, para publicar cada vez que hacemos algo “lindo”, algo bien formado. Porque no hay nada más incómodo que andar flojo del estómago. Estar en un centro comercial y de repente tener que salir corriendo a buscar un baño. Va uno urgido, apretando, cuando se encuentra uno con la fila. Viene ese sudor frío, se acelera la respiración, claro está uno tiene que disimular que no hay prisa, “todo está bajo control”. El cuerpo le da a uno unos minutos extra, es como un aguante adicional, puede funcionar pensar en otra cosa, como por ejemplo en ciclismo, las hazañas de Nairo, la competencia contra Froome, Dumoulin…¡Rayos! El cerebro me traiciona y regresa esa sensación incontenible, el regreso de la tripa traidora.

Finalmente un baño libre y no alcanza uno a sentarse cuando el organismo, por algún misterio que el mundo científico no ha podido descifrar (incluyendo a Stephen Hawking), expulsa de forma escandalosa “eso”. Eso que sale de allá abajo, algo fétido, amorfo, no digno de ser publicado en Popogram, algo que debe pasar pronto al olvido una vez hacemos la descarga. Y salimos del baño como perrito recién peluqueado, nos sentimos ligeramente avergonzados, vulnerables, expuestos, demasiado humanos, reales, aterrizados, la diarrea es literalmente un polo a tierra que nos recuerda que no somos seres angelicales. Que lo que sobra de lo que comemos, a algún lado tiene que parar, pero que de alguna manera nadie quiere hablar.
Dumoulin, el líder poderoso, medallista olímpico, contrarrelojista excepcional, parecía imbatible en el Giro presente, sin embargo esa tripa traicionera, quien lo creyera, lo puso en la cuerda floja. En la cuerda floja del estómago flojo. ¿Se recuperará? Dicen que tomando mucha Coca Cola…

Sin embargo ahora todos nos identificamos con él, no solo porque ayudó a Nairo cuando se cayó de la bicicleta, desacelerando la velocidad del lote, sino porque sabemos lo que se siente aguantar, disimular y luego importarle un comino lo que piensen los demás y evacuar. Es una mezcla de sensaciones, porque al final, después de la tempestad viene la calma. Porque esa sensación de alivio no tiene comparación, es como llegar al cielo, es como una inyección de vitalidad, mejor dicho, le vuelve el alma al cuerpo. Y eso vale más que cualquier título o trofeo.